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LA VIDA ENSIMISMADA V






La cicatriz del recuerdo supura por la herida imposible de restañar por muchos días que la Humanidad haya sido capaz de dejar de lado: casualmente, lo que iba a ser tuyo y para nadie más servía que acantonar impresiones; avituallarte de lo que frenó un momento y ya no tuvo parangón con más razón que parecerlo. Buscarte es rehuirte en la materia alada que desaconsejan los pasos y aligera el alma entregada a una altura donde, por demás, no se puede respirar sino dormido: ahuecada la razón de todas sinrazones y parapléjica la astucia, esa señora que se cree lleva todas las prendas encimas y va desnuda como un rey destronado. De buscarte queda el resquemor de no tener que desentrañar ya entrañas agoreras. Se trata de encontrar a tiempo, y en la medida de lo posible, el hueco que ocupa el aire en la salvaje virtualidad de conferir la vida. La estela de una golondrina sin estación posible; la ruptura líquida del cielo apelmazándose en un cuarto sin vistas. El vuelo de una azor ciego: tal la vida en su esencia. Después el cielo, cuando se acaba, parece otro. ¿Dónde ocultar los detalles que ya no penden del recuerdo, que se han librado de sus coordenadas? ¿Qué diablos, después de todo, será eso que nominalmente es un recuerdo? ¿Se llamará así lo que tajantemente nunca tuvo alas? ¿Lo inaprensible de las alas del viento? Todo es vademécum que no se abre ni inspira, pero engorda.

LA VIDA ENSIMISMADA IV


La repetición se escuda en decirte que eres tú de nuevo quien transita por los blancos pasillos de no ver nada más que encintado en la falta de medida de todo fatalmente resuelto en la primera de las disyuntivas que asoma. Te recuperas del ancestro cuando pasas la mano por la cara y se lleva el rostro: sin fijarte en nada, todo el mundo anda revoloteando en medio de una esfinge que no habla: que, quieta, mira sin párpados lo que, de otra manera, no cabría reparar en el arsenal de arena que es todo recuerdo. Expulsado del ancestro por asentir flojo, luego viene a ti algo que parece un luego y tal es, que se empeña a cogerte de la mano: pasar a lo que vaticinas es otro pasado; otro entrevisto corazón desacompasado de otra cosa que no sean silencios negros a la espera de una aurora sin color ni tersura. Luego siempre viene un luego nuevo y viejo que se adelanta a sí mismo para no perderse nada y estar en todo y precinta caminos abiertos a fuerza de entuertos. La vida entonces se convierte en una nueva frontera de sabores que señala lo que se ha ido sin haber hecho jamás acto de presencia, porque todo es el anonimato hecho calamidad y pericia.


EL HOMBRE QUE QUERÍA DESPOJARSE DE SÍ MISMO

Sólo era alguien lo suficientemente perdido en sí mismo como para no esperar de la vida otra cosa que su persistencia. Había llegado al punto en que nada se sustenta y la emoción de verse perseguido por lo que nunca entendería le semejaba un nexo con la posibilidad de que algo fuera cierto. Veinte años atrás, incluso varias décadas antes se había formado ya en su mente la conclusión de que nada parecía someterse a más irrealidad que la cierta. Que si viviera varias vidas la irresolución iba a ser la misma. Que una maraña de deslavazadas inconcreciones seguiría caminando paralelo a sus pasos hasta que muriera. Esa gran realidad en la que todos piensan y pocos alcanzan ver en su esencia de nuevas partidas, borrones a las angustias y capital de todas las laminaciones posibles del paso por la tierra. Como el tiempo se solapa incluso a sí mismo en la meta del irreconocible mirarse a sí mismo y ver atisbos, vestigios de lo que uno haya podido ser en su decurso humano. La misma imagen plana vale para todos y para todo. Las lomas del pensamiento, romas y sin perfiles, sin aristas que ha carcomido ya el tiempo, acompasa la escena buena para todos y para nada de no existir; de volver a ser lo que no se pudo configurar en vida y se proyectó hacia adentro en un suspiro o una congoja. Todo planteamiento tiene sus propios pies de barro. El acto de lo que debe ser pensar y nadie ha dicho lo que sea proyecta escalas en la dimensión que dispersa el tiempo. Es la herramienta de creer que se piensa, que uncidos a ella seremos capaces de prospecciones imposibles que pensar. No hay mucho más para interiorizar lo que no somos ni qué aducir de cuándo un día dejamos de serlo. Pensar es un acto de neutra desesperación ante la inoperancia de todo resultado, de todo conectar nociones con sus precedentes, engarzadas en lo que debe proceder. Pero se destruye a medida que se convence uno de que va hacia delante. Es la acumulación de tensiones, sensaciones y olvidos lo que se lleva en el morral para el peregrinaje de cada día.

LA VIDA ENSIMISMADA III

Esperanza, así quedó el jardín de mi infancia. Estas fueron las acacias que aparecieron en medio del pensamiento antes de morir calcinadas por el tiempo.
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Te sientas en la boca del estómago y los ojos delinean partituras muertas, pedazos de presagios hechos realidad a la luz siempre de una mentira vacía. Dejes nunca vistos aparecen entonces para jugar la parodia nunca acabada de los días que ensabanan puentes que no precisan de destino alguno para estar en medio. No lo necesitan. Son los demás que dan destino. Cuando caducas, objeto perseguible sin conseguirlo del todo en cada instancia que se repite a sí misma hasta ahogar el intento, recuperas tu aserto. Vuelves a tu ser primigenio de inconclusiones compartidas con la audacia de no ver más que hoyos ante sí en descubierto, participantes de los años que hace de todo; de la ventana que hizo añicos cuando miraste con la intención de que fuera nuevo, anclado en el sonoro espacio de la nada inmersa en cada minuto que se asoma avieso.


LA VIDA ENSIMISMADA II


Vida será el movimiento de estarse quieto mientras la caja primera de los sueños se estrecha hasta pillarte los dedos y los labios lanzan el aleve quejido que no llega a ninguna parte porque antes muere estrellado contra la pared del olvido. Vida será hacerse todo añejo, amontonado en revoltijo. Pareciera obligación de todo remontar el momento en que se piensa así y obliga a reparar en lo que nunca hizo falta, y por tal se convirtió en estandarte de la vida. El baluarte escrito para desmoronarse sin palabra hablada o escrita, sino el incierto percutir de una consigna ajena. Esquinada de espaldas pronta a conformar lo inconfigurable de un acceso que por variar queda ocluido, se abstiene de asentar palabra. Cuando caducas te caes con todo el equipo puesto que no sabías llevabas, tal es la prescindibilidad de la vida hecha y deshecha de por vida.

LA VIDA ENSIMISMADA I


A Esperanza

Hay un aparte de ti que se consolida en silencio, que no se estira ni depende de la suerte que comporta su figura; que se refleja en la falta de espejo a mano, que es toda escandalosa espera. Detrás de cada inconsecuencia partida está la vida ensimismada en su falta de esencia; la que bulle de consejas y nada arredra; la que se encierra a jugar consigo mismo como si los días y la vida en ellos fuera el mismo juguete roto falto d ventilar por algún lado. Bulle la parcela entrevista de insidias; florecen como plantas esponjosas que no abandonan la presa y se estiran al aire para olisquear la presa. Solas cabalgan todas las caras vueltas de sí mismas, imposible el cantar que en otro tiempo levantó sospechas de que la vida terminaría siendo otra cosa que la sabida. Los sinsabores muertos prestos a romper el celofán que los criaba. Encerrado todo en el día que decidimos no hacer otra cosa que emparejarnos al silencio y mirar atrás por si algo había olvidado en la fecha en que decididamente habíamos caducado; valga decir lo que solíamos llevar puesto en la mirada: toda la muerte cercana y cálida resbalando por las cimas de lo que había dado la espalda y sembraba de recuerdos innombrados.



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Yo soy de la niebla, de lo que lo desdibuja todo y hay que inventarlo pidiéndote todo tu concurso para vaticinar lo que pueda haber delante. Hace siglos que me hubiera gustado vivir en Islandia, de lo que me gusta todo, desde el nombre y la cualidad de tierra de frontera sin nada más lo usual en bandolera. De estos y otros vericuetos y consejas nórdicas bebió Rulfo hasta hartarse para sus escogidas frases, aunque parezca mentira, más cerca de los mitos escandinavos que de las raíces de México.